Es un día más en el Liceo; todos están en clase de Matemática, la profesora está dando uno de los temas centrales del año. Hay alumnos que miran el pizarrón con expresión pensativa, otros estudiantes anotan al ritmo de la profesora, parece reinar un clima de aprendizaje apropiado. De pronto, sin pasar desapercibido suena en todo el ambiente unas voces que expresan sonidos poco comprensibles. El mundo externo se cuela en el aula: un montón de risas explotan por los aires, ya nadie está en la clase de Matemáticas. ¿De dónde vino?; ¿Qué es?; ¿Por qué dijeron eso? Silencio, por favor, a ver atención, silencio. La clase se ha convertido en un escenario de búsqueda y resolución, alguien ha estado stalkeando las redes y le pareció gracioso el reel viral del momento. Era mucho mas divertido que el ejercicio de Matemática y varios compañeros parecían aburridos, así que decidió mostrárselo a todos. La clase pierde su magia, los estudiantes ya no ponen foco, lo externo se vuelca en el aula y se vuelve lo más importante.
No es un caso aislado
Esta historia representa una de las tantas situaciones que el uso de los dispositivos móviles causan en el aula. En marzo del corriente año lectivo, CEIBAL lanzó un estudio sobre la gestión del celular en el aula, en conjunto con Estas experiencias no ocurren en el vacío. Una publicación elaborada en conjunto UNESCO Montevideo y la Universidad Católica del Uruguay (UCU). Este estudio aporta evidencia y análisis sobre cómo los centros de Educación Media Básica pública —liceos y UTU— están gestionando el uso del celular dentro y fuera del aula, en distintos contextos del país.
El estudio señala que el celular no es un problema aislado, sino que está profundamente vinculado a la convivencia, los acuerdos institucionales y las formas de socialización. También muestra que cuando los estudiantes participan en la creación de normas —a través de acuerdos colectivos o propuestas propias—, reconocen el uso excesivo como un problema y se comprometen más con las soluciones.
Entre los principales hallazgos, se destaca que las medidas restrictivas pueden mejorar el clima de aula y favorecer la interacción en los recreos, aunque requieren del apoyo de las familias y de alternativas tecnológicas para no generar exclusión. A su vez, se advierte una brecha entre las normas formales y lo que realmente sucede en el día a día, donde la mediación de los adultos en la institución resulta clave.
El informe también pone en evidencia que muchos conflictos que aparecen en el aula tienen origen en redes sociales fuera del centro educativo, lo que convierte al celular en un puente entre ambos mundos. Por eso, advierte que la prohibición, por sí sola, no alcanza: es necesario formar en ciudadanía digital.
La crónica de estas aulas muestra que el celular no es solo un objeto, sino un actor que transforma dinámicas, vínculos y formas de aprender.
Desconectarnos para conectarnos
Las experiencias coinciden en algo: no hay una única solución. Las estrategias que mejor funcionan son aquellas que se adaptan a cada contexto, promueven la autorregulación y fortalecen la convivencia. Teniendo en cuenta la preocupación de los docentes y los equipos de gestión, algunos Liceos ya han dado su primer paso y están llevando a la práctica experiencias al respecto. Es el caso de los Liceos N.º3 y N.º5 de Paysandú, y el Liceo N.º 2 de Colonia.
Los proyectos puestos en práctica tienen como eje promover los vínculos humanos, mejorar la comunicación cara a cara a partir de la prohibición del uso del celular en el Liceo, ya sea porque no se permite la presencia del dispositivo o porque se exhorta el modo apagado durante el horario liceal.
En el Liceo N.º 3, la experiencia mostró resultados claros. La reducción en el uso de celulares no solo mejoró la concentración, sino también la convivencia. Disminuyeron las agresiones y aumentó la participación en clase. En los recreos, los estudiantes volvieron a jugar, a conversar, a compartir. Las herramientas digitales no desaparecieron, pero cambiaron de lugar: las ceibalitas, los libros y las fotocopias recuperaron protagonismo en el aprendizaje.
Luis Sánchez, estudiante del centro, lo describe desde su experiencia cotidiana: “Yo creo que mejoró la socialización en el liceo. Vos antes salías a un recreo y veías 3 o 4 en vez de estar conversando, estaban todos con el celular. Así, cabeza abajo”.
Algo similar ocurre en el Liceo N.º 2 de Colonia, donde el proyecto “liceo libre de celulares” La docente Noelia Fiermarín destaca que, en menos de un mes, los cambios fueron evidentes. Los estudiantes hablan entre sí, se miran, participan y piensan con mayor autonomía. Nicolás Madero observa un ambiente de clase más estable y atento.
Sofía Revetria, estudiante del mismo centro, lo percibe especialmente en los recreos: “Yo noto que en los recreos la gente se está moviendo mucho más, está dialogando más con sus compañeros, con sus pares, con sus amigos. Ya no está tanto eso de salir al recreo, sentarse con el celular a jugar un juego o a ponerse a mandar mensajes”.
La crónica de estas aulas muestra que el celular no es solo un objeto, sino un actor que transforma dinámicas, vínculos y formas de aprender. Las experiencias coinciden en algo: no hay una única solución. Las estrategias que mejor funcionan son aquellas que se adaptan a cada contexto, promueven la autorregulación y fortalecen la convivencia.
El desafío, entonces, no es solo apagar una pantalla, sino volver a encender lo esencial: la atención, el encuentro y la presencia en ese espacio compartido que sigue siendo la clase.